Mujer mágica, por Brian Crispin

Edita: Aylan Mórel

Autor: Brian Crispin Tineo

Brian Crispin

 

Mujer, ser que da vida
ser de amor y luz,
mujer, misteriosa mirada
y pensar infinito
de difícil comprensión.

Tu risa, tu mejor curva
tu espíritu, tu real valor
tu belleza, tu atracción
tus ojos, otra dimensión

Mujer, tu existencia es poderosa
mueves al mundo
enfrías al sol
congelas el fuego y
das vida a la tierra

Mujer, también das muerte
cuando no amas
cuando no eres sincera
cuando te arrastra el pecado
mujer, eres el bien y el mal
eres sed y eres hambre
eres vacío y soledad

Mujer, misterioso ser del universo
eres amada, eres odiada
regalas risa, causas lágrimas
das esperanza, das desilusión

Mujer, mágica creación
sin ti habría caos
tu presencia equilibra al mundo.
Catherin Campero

Foto de Catherine Campero

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Madre, te llevaré a París; César Calvo, el poeta bandera.

Una muestra de amor maternal, por el poeta César Calvo.                                  Representante y difusor de las cultura peruana en sus mitades:                                  Afroperuana, Andida y Selvática.                                                                                                    Dedicado a la Sra. Graciela Soriano.

Edita: Aylan Mórel.

 

                                         Madre, te llevaré a París

Cuando hermano y hermanas, en sucesivos días de anochecer,
hacia su propio corazón se vayan, te llevaré a París, París lejano como el viento,
como tú, como yo, mientras el soplo del otoño, bajo tus pies,
es como un Sena de miel.
Aunque tal vez, primero, a Buenos Aires, porque en los muelles veas
como un montón de arena mi recuerdo, bajo la lluvia de febrero, solo,
en los muelles de 1963.
O tal vez, porque oigas en tu pecho, sin límites, mi sangre
vayamos a la selva, al Amazonas rojo, cuando los pescadores
guardan el sol entre sus redes
y se olvidan, sudorosos de amor, sobre la hierba.
Viajaremos a Nínive, a Santiago de Chile, a Samarkanda.
Te presentaré a mis hermanos que harapientos vocean
las primeras noticias del invierno, y tu silencio deslumbrado
hará ríos sin fin sobre la nieve,
entre las ramas desaliñadas de los últimos sauces.
Después iremos a Moscú; cogida de mi mano conocerás Moscú;
allí un río invisible como los sueños te incendiará la frente,
y por primera vez sobre tu rostro
sobre mi rostro, por primera vez, ha de caer el sol.
Te llevaré a Venecia, a Roma, a Alejandría.
Iremos a todas las comarcas donde un río atraviese, sólo para que veas,
para que escuches, Madre, que ninguno es tan dulce, tan hermoso,
como el que tus ojos tendieron sobre mí
en los ancianos días oscuros de mi infancia.

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Poema para Bryce

Edita: Aylan Mórel

Autores: Alexander Bustos Castillo y Brian Crispin Tineo

Dibujo: Wilbert Ccoto

Fotografías: Brian Crispin Tineo

Bryce.jpgDibujo de Wilbert Ccoto

 

Poema para Bryce

A pocas yardas del Boulevard de Barranco

me encontré a Bryce Echenique; cabizbajo,

resaqueado, feliz… Yo también lo estaba.

Tuve miedo a su rechazo, tuve miedo a su no

potencial amistad de tragos, ¡bienquiera!

 

Me había citado el poeta de los cerros.

Los cerros malditos de Lima, también son mis amigos.

 

Luz arboleda mañana temblorosa

Wishkey doquiera la plaza luce hermosa.

 

Germen de la desesperanza madruga mis deseos.

Es la corrupta calle donde un relato vuela mis sesos,

Sr. Alfredo fabule a mi flanco:

Un mundo para Bryan / La amigdalitis de Alexander.

 

Tortuosamente, con alaridos de Minerva

zarpamos del metropolitano, maldiciendo

al alcalde en su vía exclusiva; recordamos a Ribeyro,

y a Mario Poggie con su primer pajazo.

 

Naturalmente como un ser de luz, Bryce me guio

a las tabernas más campechanas de la urbe.

Abrazamos con la honestidad de un perro a su amo.

Sonreímos a mi amigo el poeta. ¡Vamos a la feria que organiza Gato Viejo!

Flores globos afiches cerveza artesanal

homos heteros, todos aman a Bryce.

 

CANCIÓN: La señorita Esther H.

De COSAS DEL CUERPO, poemario del año 1999. Dedicado a sus hijas: Tilsa, Issa y Maya. También para Frida.

 

Autor: José Watanabe

Edita: Aylan Mórel

Ilustra: Wilbert Ccoto

 

CANCIÓN

 

La señorita Esther H.

en el camino solitario, excepto

algún zorro, me pidió que no la mirara, que

me volteara

porque iba a rociar el mundo. Yo escuché entonces

a mis espaldas

ese sonido sibilante de sus aguas entre las piedras.

 

Pichi de mujer

no es pichi de hombre, supe. Pichi de mujer

se expande y se hace atmósfera, marejada

concupiscente

que ese día envolvió también al caballo, al buey que labraba,

a mi perro colero

y a cuanto macho que respiraba a la redonda.

 

La señorita Esther H. era mi maestra rural.

Ella dilató por primera vez la nariz

de mi corazón.

 

Una arbitrariedad de niño

sospechó su reconditez como fruta de rápido zumo.

Unas veces naranja, otras ciruela de Chile.

En la escuela rural sabíamos poco

pero sospechábamos mucho.

 

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Ilustración de Wilbert Ccoto

Miriam Mancini y la poesía hispanoamericana

Edita: Aylan Mórel

Autora: Miriam Mancini

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Miriam Mancini, oriunda de Buenos Aires, Argentina. Estudió psicología en la UBA, artes visuales y literatura. Escritora y poeta. Ganó certámenes de poesía en Argentina, de la editorial Ser y Dunken, participó de tres antologías de la editorial Dunken, presentadas en la Fil Argentina,es miembro de la primer plataforma colectiva argentina de poetas de la mencionada editorial, declarada de interés cultural por el gobierno de la provincia de Buenos Aires. Participa del grupo poético Pangea, cuya antología fue editada en México y presentada en la Fil en México. Con la editorial mexicana Dipsomanía poética publicó la plaquette La premura de las rosas, presentada en diferentes eventos literarios, su otra plaquette De desmorirse hasta nacer, fue publicada con la misma editorial. Actualmente se halla trabajando en un nuevo poemario, que sera publicado con la editorial mexicana Ojo de golondrina. Fue ademas seleccionada por la editorial mexicana Versonautas para participar en una Antología de poetas latinoamericanos en ese país.

 

MADRE

Eras trigo y pan, canto profundo desde el alma de cada día, risas cómplices y lágrimas compartidas, sencillez y fuerza en cada paso, eras, dulce letra mía.

Caminos de filosas piedras atravesaste, desde los campos de algodón natales, a Buenos Aires.
Y en todas partes, una a una las piedras quitaste.

Morena hermosa, el tiempo tizno grises las sienes, mas éstas nunca se dejaron amarrar por los malos ratos, mas sí siempre por mis caricias furtivas.

Fuiste viento huracanado frente a la más mínima injusticia, tu ceño fruncido tornaba temeroso al más bravío de los bravos.

Digna hija de doña Silvia, fuiste honesta hasta con tu propia sombra.

Tu dureza guardaba la delicadeza perenne de la orquídea.

Desolados días, pasaron desde que la muerte temprana te arrebató de nuestro lado.

Mas no pudo llevarse la premura de tus rosas, ni tu voz guía, ni la calidez de tus abrazos.

No podrá la muerte llevarse la inmortalidad de tu memoria.

Trigo y pan, canto profundo desde el alma de los días, por siempre serás, madre mía.

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La eternidad según Jorge Luis Borges

Edita: Aylan Mórel

Ilustra: Pablo Bustos.

JORGE LUIS BORGES PARA EL MUNDO

 

IV

Sólo me resta señalar al lector mi teoría personal de la eternidad. Es una pobre eternidad ya sin Dios, y aun sin otro poseedor y sin arquetipos. La formulé en el Libro El idioma de los argentinos, en 1928. Trascribo lo que entonces publiqué; la página se titulaba Sentirse en muerte.

Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente y extática para que la llame aventura; demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento. Se trata de una escena y de su palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con entera dedicación de mi yo. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y de lugar que la declararon.

La rememoro así. La tarde que precedió a esa noche, estuve en Barracas: localidad no visitada por mi costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dio un extraño sabor a ese día. Su noche no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer. No quise determinarle rumbo a esa caminata; procuré una máxima latitud de probabilidades para no cansar la expectativa con la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realicé en la mala medida de lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté sin otro consciente prejuicio que el de soslayar las avenidas o calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan reverencia a mi pecho. No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia, sino sus todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La irrealizaba su misma tipicidad. La calle era de casas bajas, y aunque su primera significación fuera de pobreza, la segunda era ciertamente de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo: Ninguna casa se animaba a la calle; la higuera oscurecía sobra la ochava; los portoncitos—más altos que las líneas estiradas de las paredes—parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada sobre la calle; la calle era de barro elemental, barro de América, no conquistado aún. Al fondo, el callejón, ya campeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado.

Me quedé mirando esa sencillez. Pensé con seguridad en voz alta: Esto es lo mismo que hace 30 años… Conjeturé esa fecha: época reciente en otros países, pero ya remota en este cambiadizo lado del mundo. Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, y de tamaño de pájaro; pero lo más seguro es que en ese ya vertiginoso silencio no hubo más ruido que el también intemporal de los grillos. El fácil pensamiento Estoy en mil ochocientos y tantos dejó de ser unas cuantas aproximativas palabras y se profundizó en realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad. Sólo después alcancé a definir esa imaginación.

La escribo, ahora sí: Esa pura representación de hechos homogéneos —noche en serenidad, parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental—no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es , sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo, si podemos intuir esa identidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, bastan para desintegrarlo.

Es evidente que el número de tales momentos humanos no es infinito. Los elementales —los de sufrimiento físico y goce físico, los de acercamiento del sueño, los de la audición de una música, los de mucha intensidad o mucho desgano—son más impersonales aún. Derivo antemano esta conclusión: la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal. Pero ni siquiera tenemos la seguridad de nuestra pobreza, puesto que el tiempo, fácilmente refutable en lo sensitivo, no lo es también en lo intelectual, de cuya esencia parece inseparable el concepto de sucesión. Quede, pues, en anécdota emocional la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento verdadero de éxtasis y la intuición posible de eternidad de que esa noche no me fue avara.

Jorge Luis Borges. (1936). Historia de la eternidad. Madrid: Alianza Emece.

 

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Tributo a Francisco Luis Bernárdez

Edita: Aylan Mórel

Escribe: Alexander Bustos Castillo

Fotografías: Dayna Cóndor Ortiz

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Lunes de luna

Corría la parca tarde, como todas las del verano

sin sol ni bochorno en mi cabeza; dos niños conversan a mi flanco,

yo por mi parte, ojeo el alcatel/protético ser: maldigo el día

murió Varela un lunes 12/01; hoy  fallece Luis Loayza y maldigo el día.

Leo a Watanabe (primer poemario, el galardonado), le sonrío al poema

del jefe rata …

dos niños conversan a mi flanco. Uno le dice al otro con aires de subestimación:

y tú, siendo menor que yo, ¿sabes qué es estar enamorado? Les miro las espaldas

colegio particular de mi barrio en San Martín de Porres.                                                          Gloria a Loayza, Valera, al poema de Wata y a los dos niños del rocío americano.

 

Francisco Luis Bernárdez, vate argentino:

Estar enamorado

Estar enamorados, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida.

Es dar al fin con la palabra que para hacer frente a la muerte se precisa.

Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel en que el alma está cautiva.

Es levantarse de la tierra con una fuerza que reclama desde arriba.

Es respirar el ancho viento que por encima de la carne se respira.

Es contemplar desde la cumbre de la persona la razón de las heridas.

Es advertir en unos ojos una mirada verdadera que nos mira.

Es escuchar en una boca la propia voz profundamente repetida.

Es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía.

Es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sombra está vencida.

Estar enamorado, amigos, es descubrir dónde se juntan cuerpo y alma.

Es percibir en el desierto la cristalina voz de un río que nos llama.

Es ver el mar desde la torre donde ha quedado prisionera nuestra infancia.

Es apoyar los ojos tristes en un paisaje de cigüeñas y campanas.

Es ocupar un territorio donde conviven los perfumes y las armas.

Es dar la ley a cada rosa y al mismo tiempo recibirla de su espada.

Es confundir el sentimiento con una hoguera que del pecho se levanta.

Es gobernar la luz del fuego y al mismo tiempo ser esclavo de la llama.

Es entender la pensativa conversación del corazón y la distancia.

Es encontrar el derrotero que lleva al reino de la música sin tasa.

Estar enamorado, amigos, es adueñarse de las noches y los días.

Es olvidar entre los dedos emocionados la cabeza distraída.

Es recordar a Garcilaso cuando se enciende la canción de una herrería.

Es ir leyendo lo que escriben en el espacio las primeras golondrinas.

Es ver la estrella de la tarde por la venta de una casa campesina.

Es contemplar un tren que pasa por las montañas con las luces encendidas.

Es comprender perfectamente que no hay fronteras entre el sueño y la vigilia.

Es ignorar en qué consiste la diferencia entre la pena y la alegría.

Es escuchar a medianoche la vagabunda confesión de la llovizna.

Es divisar en las tinieblas del corazón una pequeña lucecita.

Estar enamorado, amigos, es padecer espacio y tiempo con dulzura.

Es despertarse una mañana con el secreto entre las flores y las frutas.

Es libertarse de sí mismo y estar unido con las otras criaturas.

Es no saber si son ajenas o son propias las lejanas amarguras.

Es remontar hasta la fuente las aguas turbias del torrente de la angustia.

Es compartir la luz del tiempo compartir su noche obscura.

Es asombrarse y alegrarse de que la luna todavía sea luna.

Es comprobar en cuerpo y en alma que la tarea de ser hombre es menos dura.

Es empezar a decir siempre y en adelante no volver a decir nunca.

Y es además, amigos míos, estar seguro de tener las manos puras.

 

Bibliografía: Bernárdez, Francisco Luis. La ciudad sin Laura; El buque, Buenos Aires, Losada, 1978. 104 p. De: Estar enamorado.

 

Parque Centenario, Argentina.